Friday, February 03, 2017

El cine

Ayer fuí al cine, me gusta mucho, antes que el contenido la experiencia, la sala obscura, los resplandores neon, la gran pantalla, el olor a desinfectante, grasa y caramelo.

Fuí a ver la última cinta de Armando González Ramírez, había leído buenas críticas y dado que realmente no hay nada más rescatable en cartelera, decidí echarle un ojo.

Como siempre hubo muchos comerciales, casi 10 minutos, luego de los cuales cortos de próximas atracciones: Una escritora se enamora de una lectora con quien tiene frecuente conversación por escrito, aparentemente ésta otra mujer es ella misma. Se ve rara y aunque prácticamente cuentan la historia en el corto igual y tiene algún desarrollo interesante; la otra era más de fantasía, situada en la posguerra, una mujer vive sola en una casona, en la que alquila habitaciones para otras personas, sus hijos, todos negros, no podían regresar a su lado, pues los lugareños los desprecian por ser negros supongo, así que como última esperanza, va al parque y regresa comandando una horda de monos, perros y otros animales; no tengo idea que tenga que ver todo ésto, pero al menos se ve muy animada y colorida.

Ya comenzada la función vemos los títulos escritos en varios papeles y letreros de un obscuro callejón lodoso, en una calle aledaña vemos gran cantidad de coches pasar a gran velocidad, llegamos a un taller mecánico que tiene afuera varios barriles de metal obstruyendo el camino, es entonces que nos encontramos con nuestro héroe quien se ha infiltrado en un grupo de revoltosos que planean causar disturbios en la ciudad, su misión es monitorearlos y tratar de disuadirlos creando divisiones internas, por supuesto, no lo logra. Vemos al grupo de malandros acercarse a una calzada comercial a lo que Armando disimuladamente llama a sus compañeros en un coche patrulla para que acudan a rescatarlo, pues pronto comenzarán los actos vandálicos; para cuando llegan, Armando se ha unido a los rijosos y alegremente está prendiendo fuego al aparador de una tienda.

Vienen los títulos para rápidamente regresar a la acción, nuestro héroe conduce velozmente por una autopista elevada en una ciudad costera, a la cual rodea, formando un anillo periférico casi circular, montada sobre elegantes columnas, aunque al llegar al agua se ha construído para ésta vía un terraplén; la vista es increíble, aunque los lentes y el cambio de observador constante hacen difícil el apreciar el panorama, a la altura de un moderno hospital, encuentra señalamientos que inicia una sección en construcción, choca contra vallas y botes, se acaba el asfalto, pierde el control y salta por un lado del terraplén, cae cerca de otro coche, trata de ederezar el vehículo pero derrapa y se va al agua, Armando sólo alcanza a sacar su mochila del vehículo siniestrado, empapado y golpeado continúa caminando hasta llegar a un pequeña cafetería, donde pide un café, la gente comenta entre sí del aparatoso accidente de la carretera, Armando tímidamente le confiesa a la mesera que fué él, por ello se encuentra mojado y sucio. En lo que llega su bebida llama al seguro, se da cuenta que su hermana ya ha puesto el reporte, así que tranquilo, comienza a leer una novela de vampiros. Suena el teléfono, es su hermana, ya han avisado al seguro.

Luego de que sus compañeros han ido a recogerlo, se ha unido en la playa con un grupo de visitantes, debe investigar a los guías de turistas, quienes son corruptos y no los dejan entrar a una de las cuevas, por supuesto ellos se las ingenian para entrar, luego de explorar un poco se dan cuenta que tienen esclavos, hay un guardia, flaco y desgarbado, que rápidamente es sometido de un golpe, el cual curiosamente al ser noqueado se disuelve, dejando sólo su calavera y armamento, Armando toma el arma y comienza a avanzar, mata a otro guardia con balas y también se disuelve, toma el arma, ahora tiene dos, piensa en recargar una de ellas con la que acaba de encontrar, o usar una en cada mano, las revisa, una está casi llena, la otra casi vacía, escucha disparos, vienen por él; se esconde tras un muro, saca el arma y dispara a ciegas, se le han acabado las balas. De aquí todo se convierte en un circo, apenas un par de líneas de diálogo insertadas aquí y allá entre las ráfagas de balas, explosiones, peleas y persecuciones, hasta parece un juego de zombies, donde vemos al héroe repeler oleada tras oleada de enemigos que tratan de trepar un pared cada vez más cansado y con menos armas.

Regresé a casa, no particularmente convencido, aunque muy mareado. No sé, he notado que ya no disfruto mucho las cintas modernas, tal vez sea la obsesión con los efectos especiales o esa tendencia a brincar constantemente de espectador para que éste se sienta en la escena, lo cual realmente entra más en el territorio de los videojuegos y éstos ya resultan casi indistinguibles de las películas caseras, que con tal de dar inmersión, dejan al usuario vagar por la escena, lo que hace que detalles como, encuadre, enfoque o perspectiva se pierden totalmente en favor de que el usuario se la pase viendo las bragas de la protagonista.

Un tiempo quise instalar un proyector en casa, no era tanto por las películas, era más la añoranza del ambiente, una visión más bien romántica de un pasatiempo por otro lado pueril, el sentarse bajo la luz del proyector mientras se disfruta de un bote de palomitas de maíz, me traía muy gratos recuerdos, hasta pinté de blanco la pared de yeso e instalé unos bonitos biombos de madera labrada con personajes de ficción; sin embargo resultaban mucho más costosos que simplemente una pantalla de gran formato, así que por lo pronto he desistido, aunque quien sabe, tal vez si me va bien en el siguiente trabajo, me haga de uno.

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