Friday, August 12, 2016

Alfredo



Alfredo vivía con su esposa en el piso de abajo, llevaban poco tiempo en el edificio, pues recién se habían mudado, luego que a Alfredo lo transfirieran a la planta de solventes, donde trabajaba, al menos hasta el día del accidente.
Hubo una explosión en la planta; según sus compañeros, culpa de Alfredo, quien se metió donde no debía a hacer lo que no sabía; afortunadamente los sistemas de seguridad funcionaron como era debido conteniendo el siniestro: sofocando las llamas, evitando derrames, drenando encharcamientos, aspirando los vapores y dirigiendo la rápida y segura evacuación de todo el personal, todo el personal excepto Alfredo, quien se quedó atrapado en ese lugar a donde no debió haber entrado.
Ni compañeros, ni superiores parecían sentir la suerte de Alfredo, antes bien le deseaban cosas peores, pues debido a él se rompió una impecable marca de casi una década sin incidentes en la planta.
La planta estuvo cerrada un par de días en lo que se terminaba la limpieza y reparaciones pertinentes, mismos durante los que se buscó a Alfredo, o sus restos y su búsqueda continuaría hasta el día de hoy de no haber sido por uno de los ingenieros de laboratorio, que sugirió correr pruebas en los tanques de derrame; que efectivamente dieron positivo al encontrar una muy baja concentración de Alfredo entre el líquido, un ingeniero de laboratorio sugirió el entregarle a la viuda un concentrado de los restos del finado, luego de analizar la posibilidad se consideró que el proceso hubiese sido caro y muy lento, dado el volumen del tanque y las escasas partes por millón del otrora trabajador, “estaba dentro de la norma”, señaló un ingeniero de ambiental; así que se optó por entregarle a la viuda un frasco, un bonito frasco conteniendo un litro de líquido del tanque.
La viuda aún no superaba la pérdida de Alfredo, tampoco había cobrado el dinero del seguro y menos aún cobraba la pensión; la memoria de su esposo seguía presente en el departamento, como en el montón de ropa sucia en el pasillo, la bolsa de gomitas que guardaba junto a la cama, la colección de polvosos libros de pastas duras o el viejo sillón vencido donde a Alfredo le gustaba desparramarse a leer.
Así que su sorpresa fue mayúscula cuando esa noche de jueves escuchó que tocaban a su puerta, al abrir, casí pierde el conocimiento al encontrarse con Alfredo. Lucía terrible, y como no, con varios días sin comer, tomar un baño o cambiarse de ropa cualquiera luce terrible, pero sin embargo era el mismo Alfredo.
No podía perderme mi programa – Apenas explicó el hombre antes de entrar y pasar hasta la sala a encender el aparato. La mujer permaneció absorta durante todo el programa; en cuanto éste terminó, Alfredo se levantó y fue al librero, ahí comenzó a tomar varios tomos que no había leído, hasta que finalmente se decidió por uno.
¿Cómo estás? – Finalmente alcanzó a preguntar, la mujer.
Alfredo se desparramó en el sillón con el libro en el regazo, echó la cabeza atrás y cerró los ojos.
¡Estoy muerto! – Respondió.

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