Wednesday, March 16, 2016

El vago

El otro día estaba leyendo en la sala, los viejos muebles de madera aceitada no la hacían particularmente cómoda, sin embargo no quería subir a la recámara, curiosamente siempre me ha parecido más cómodo leer sentado o aún de pié, quizá vestigio de mis muchos libros leídos en el transporte público.
Luego de llegar del trabajo había estado acomodando los libreros, cuando dí con un viejo libro que había comprado hace muchos años, era una novela gráfica, estuvieron muy de moda en aquel entonces, era como una novela regular sólo que con viñetas muy grandes, o como un cómic pero con pocos cuadros y mucho, pero mucho más texto, "La muchacha de la rosa", la portada inmediatamente resaltaba contra los otros muchos títulos de pastas lisas: una rosa estilizada por encima de una tropa de soldados en máscaras de gas. Por algún motivo en sus momento lo compré de inmediato pero sólo hasta ahora lo retomaba, me senté a leerlo.

La guerra ha terminado con una victoria decisiva para la nación; el protagonista, un jóven soldado vuelve a la pintura, pasión que ha tenido desde pequeño como una manera de escapar al horror que ha vivido; una lesión en la pierna le obliga a usar bastón y un ataque con gas le dejó la secuela de una visión disminuida lo cual le recuerda a cada momento el campo de batalla y le impide alcanzar la precisión que busca en su obra; luego de varios intentos sólo logra burdas figuras entre obscuras ruinas. Frustrado, rompe las telas, siente que en la guerra perdió algo más que algo de su vista.
 
Buscando en su casa sus viejas pertenencias, como una última esperanza para encontrar motivación o recordar el porque disfrutaba tanto pintar, encuentra una máquina abandonada en el desván, seguramente usada para ayudar en casa durante la guerra; sin embargo, al arrancarla se da cuenta que no se trata de una simple barredora, sino que es un modelo experto, de consulta, como los que usaran como asistentes tácticos en el frente. El hombre comienza a hacerle preguntas a la máquina y ésta a contestar de manera cada vez más y más elaborada, dejando entrever que es mucho más de lo que parece.
A partir de aquí la historia comienza a profundizar en conceptos por demás abstractos, motivación, trascendencia,  existencia y consciencia; empatándolos con memorias de batallas en las que participó el hombre.
 Sin percatarme pasaron horas mientras la historia se empantanaba en revueltas conversaciones filosóficas que ornaban cuadros llenos de cuerpos, humo, ruinas, fuego y sangre; aunque tal vez por éste motivo me atrajera ésta obra en particular en aquel momento.

Tocaron a mi puerta, me sobresalté, pues por lo general la gente toca el timbre y no cruza hasta la puerta, al observar por el ojillo me dí cuenta que se trataba de un viejo de barba hirusta, descuidado y sucio, le reconocí en seguida, era un viejo que merodeaba la calle, en algún momento me ayudó a  reparar la rampa en la entrada de la casa, aunque luego de estar en el hospital debido a su afición a la bebida sólo se dedica a mendigar.

Abrí la puerta muy molesto. El vago llevaba consigo un muñeco, o más bien una especie de maniquí vestido con un traje de pista, de esos que usan los corredores y los criminales. Le grité y maldije por meterse a la casa, aunque debo admitir, fué toda mi culpa por no poner candado a la reja, en cualquier caso no debería haber entrado; el viejo se asustó y salió corriendo aunque al cruzar la puerta de reja, el muñeco se rompió por la mitad, dejando los pantalones atorados entre las varillas.

Luego de que se fuera el viejo, fuí a cerrar el portón, al acercarme noté que los pantalones estaban rellenos de excremento.

Esa misma noche eché a la basura el libro.

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