Friday, February 12, 2016

Ocaso en casa

Bienvenido Señor – Saluda una mujer vestida en uniforme negro al momento de abrir la puerta.
Gracias Clarita – Responde el hombre que con rapidez atraviesa el umbral y con familiaridad le entrega su sombrero.
La mujer es alta, delgada y de tez pálida, las arrugas en sus ojos y las líneas de expresión delatan lo que un cuerpo aún fuerte podría ocultar tras el vestido negro; pues aún el cabello recogido tiene un color plateado tiene un brillo que mas pareciera producto de los químicos que algo natural.
Dígame señor, ¿qué hay de nuevo en la ciudad? – La mujer coloca el sombrero en una percha y luego cierra la puerta.
Muchas cosas, tú sabes, más grande – Le responde el hombre mientras se mira al espejo sobre una mesita del recibidor; ya está entrado en años, aunque su abundante cabellera se niega a abandonar su cabeza, casi enteramente blanca, pero bien peinada y engrasada, tupidas patillas que bajan hasta sus mejillas, sus ojos siguen siendo brillantes y alerta, se acomoda el saco y con casualidad sigue su explicación - más gente, más sucia, pero con inventos, más grandes, más ruidosos, o más pequeños y costosos.
Me alegro por usted señor… -
Toma, te traje esto – Le interrumpe el hombre y pone en la mano de la mujer una cajita negra.
Mi señor, no se hubiera molestado, sabe que no uso joyas – Dice ella solemnemente mientras abre la caja y echa un vistazo al interior, dentro hay un par de sencillos aretes de perla.
Pero también sé que te gustan – Dice el hombre con una sonrisa al contemplar los brillantes ojos de la mujer al admirar los aretes, ella cierra la caja en seguida y la guarda en su delantal.
Puede ir a asearse mi señor, la cena está caliente, en un momento estará lista la mesa.

 * * *

Delicioso como siempre Clarita, pero de nuevo se te pasó un poquito el punto del filete. – Dice el hombre mientras limpia sus dedos en la servilleta.
Se encuentra sentado a la cabeza de una larga mesa, dentro de un largo salón, adornado con viejas pinturas de serios hombres barbudos y mujeres de ojos traviesos que se esconden tras ornados abanicos, sobre sus cabezas penden tres candelabros de decenas de brazos, más su luz no es necesaria pues los gruesos cortineros están corridos dejando entrar suaves rayos de luz vespertina que hacen brillar como enjambres de plata al polvo flotando en el ambiente.
Debió haber sido por la presión del gas, trataré de que no vuelva a suceder. – Contesta la mujer con casualidad mientras levanta los platos.
El hombre no deja de notar la mano temblorosa de la mujer.
Hablé con el doctor Smith el jueves, vino a visitarte. -
Si, sólo hizo algunos exámenes y me dejó medicina. – la mujer mira sus manos cubiertas de pequeñas manchitas y delgadas venas.
No deberías esforzarte tanto – Dice el hombre
Ya hemos tenido esta conversación muchas veces, me retiraré cuando no pueda cumplir con mi trabajo – La mujer se muestra fastidiada al tiempo que apila los últimos platos y los deja por un momento sobre la mesa y voltea a ver al hombre.
¿No piensas en tu retiro? – Contesta el hombre con una pregunta a los inquisitivos ojos de la mujer.
Mi trabajo es estar a su lado – Dice ella seriamente.
Tienes una familia, pedías permiso cada año, ¿qué fué de eso?
Mi hermana Angélica murió. – Responde ella cortantemente.
Es una verdadera lástima, recuerdo que pediste permiso en aquella ocasión ¿pero qué hay de los demás? ¿Qué hay de tí?
No hay mucho por qué regresar, lo que importa lo tengo conmigo - Responde apoyándose sobre la mesa.
El hombre observa en la mano de la mujer la sencilla argolla de oro, no presta atención a su molestia.
Nunca lo olvidaste – Expresa como para sí mismo.
Siempre está conmigo – Dice ella tomando de nuevo los platos.
Ya son muchos años -
35 mi señor – Dice ella dirigiéndose a una de las puertas en las orillas de la habitación.
¿Por qué no te volviste a casar? - Pregunta el hombre obligando a la mujer a detenerse.
Sigo casada – Le contesta sin dar la vuelta y rápidamente sale de la habitación.
 
* * *

Una mujer vino a buscarle, - Dice el ama de llaves y le entrega un sobre.
El hombre pone en la mesa la copa que tenía en la mano y toma el documento, lo observa un momento lo acerca al rostro y lo huele.
¿Menuda, cabello negro? - Lo vuelve a oler – ojos preciosos.
¿La conoce? - Pregunta intrigada la mujer.
Me ha escrito un par de veces – Explica el hombre usando un cubierto para abrir el sobre – es catedrática en una universidad de América
¿Para qué viene a buscarlo de un lugar tan lejano? - Pregunta la mujer extrañada mientras el hombre saca de su chaleco unos espejuelos y comienza a leer unas hojas con preciosa caligrafía.
Es acerca de las donaciones al museo, quiere ver algunas de las piezas personalmente – Explica sin despegar los ojos de la carta.
¿Y por qué no va al museo? -
Algunos objetos del museo son réplicas de mi colección, ella tiene interés en los grabados de varias tablillas, afirma y sólo las originales pueden ser traducidas correctamente. - Contesta el hombre
¿No cree que pretenda robarlos? - Dice la mujer mirando los grandes ventanales.
No lo creo Clarita – Dice el hombre con una sonrisa – Si quisiera hacerlo ya lo hubiera hecho, mientras estuve fuera y tú sola, confío en esta persona, sabes que siempre me preocupo por que estés segura.
¿Como cuando me entregó un arma? -
En ese tiempo era peligroso que estuvieras sola en este lugar. - Se justifica el hombre.
¿Qué me podría pasar?, esta casa es grande y no hay nada alrededor, es raro que me quede sola, ¿a qué le podría temer?, ¿a usted?
El hombre sonríe mientras observa la botella que tiene frente a él, deja la carta y se sirve un poco más, da un pequeño sorbo.
Ya no soy tan jóven; - hace una pausa levanta la copa y mira el color de la bebida, obscura con delgadas líneas bermejas en los bordes. - Recuerdo el día en que llegaste, recuerdo tu cara de niña asustada.
Era mi primer trabajo con alguien como usted
¿Me temías? - Le pregunta
Temía no ser lo que usted esperaba -
Créelo Clarita, eres más de lo que esperaba. - 

 * * *

Señor, lo encontré debajo del escabel en el estudio - dice la mujer al poner un reloj de plata sobre la mesa.
El hombre lo toma, y lo abre, tras el cristal estrellado, una manecilla gira con acompasada suavidad, sonríe levemente mientras lo observa.
Debería mandarlo reparar, es un reloj muy bonito – Le dice la mujer.
No – Dice el hombre al salir de su ensimismamiento - así me gusta, me trae gratos recuerdos ¿podrás creer que me golpearon con él?
¿Otro de sus recuerdos de cuando vivía en la ciudad? - Sonríe la mujer - ¿Por qué nunca regresó?
Mi familia estaba en la ciudad - Dice el hombre mirando el mantel bordado - cuando ellos se fueron no me quedó mucho por regresar; prefiero la cotidianeidad de las personas, allá puedes caminar todo el día sin ver una cara conocida, siempre está tan lleno de gente pero siempre es tan distante, aún en las muestras, se sienten lejanos, ausentes, prefiero la familiaridad de mi casa y mi gente.
Su esposa vive, ¿por qué no regresó con ella? - Pregunta la mujer mientras se acerca al hombre hasta ponerse a su lado.
No era mi esposa – contesta el hombre mientras se rasca la callosa palma de la mano – Sólo estuvimos juntos unos años.
25 – Completa la mujer – ¿La extraña?
Fué parte de mi vida – Explica el hombre.
¿Como cuando perseguía jovencitas y peleaba en los callejones? - Agrega la mujer.
En su tiempo, todo tuvo su tiempo. - Contesta el hombre, mientras mira el sol que comienza a descender por el horizonte; se levanta, pone su mano sobre el hombro de Claire y sale de la habitación.

  * * *

El perezoso silencio de la habitación es interrumpido por un suaves toques a la puerta.
Pasa Clarita – Responde el caballero sin levantar la vista de una revista.
La mujer abre la puerta y entra; es un cuarto amplio con grandes y pesados cortineros y un amplio ventanal protegido por un barandal de metal forjado que da al oeste, sus bordes están ornados con aplicaciones de flores y animales, al centro se encuentra un gran sillón sobre una alfombra redonda de patrones geométricos, al lado del sillón hay una pequeña mesita sobre la que descansa un servicio de té, un cenicero, una cajita de madera y una botella de vino sin etiqueta; las paredes están vacías salvo unos cuantos fuertes estantes con varias pilas de revistas y libros amontonados, a un lado de la puerta deja unas pantuflas y una bata colocada en el cajón de un pequeño buró de madera de roble.
La mujer se dirige a la mesita a recoger la charola con la tetera, tazas y cubiertos, apenas nota cómo el hombre cierra la revista y levanta la vista hacia la campiña, ya cuando ella se dirige a la puerta la detiene su voz.

Claire – Dice el caballero y ella se detiene - ¿No te gustaría estar en otro lugar, hacer otras cosas?
La mujer baja la mirada, contempla el servicio de té, en la charola de metal pulido se refleja su rostro arrugado, pudo notar un ligero rubor manchando sus mejillas, de inmediato levanta la vista y se endereza.
No mi señor, en ningún momento – Contesta ella sin voltear a verlo.
El hombre seguía sentado en el sillón, mirando como la tarde caía sobre la campiña, sopló una nube de humo que por un momento llamó su atención, sonríe.
Yo tampoco -
La mujer salió de la habitación, cerrando con llave tras de sí.

No comments: