Monday, February 18, 2013

Nada en contra

Maestro, le buscan – Se escuchó una voz fuera de la habitación atiborrada de papeles, tablas e instrumentos de medición.
En el suelo se encontraba un viejo, quien levantó la vista del grueso folio que se encontraba leyendo.
¿Quién me busca? -
Es un mensajero de Cerro Pinacate, trae una consulta urgente. -
Siempre la urgencia – Murmuró el anciano al levantarse – dile que pase, lo atenderé en el atrio.

El anciano se volvió a la mesa donde descansaba un complicado tocado, se lo colocó en la cabeza y lo ajustó, se observo con detenimiento el rostro en uno de sus espejos, un par de retoques aquí y allá, se colocó aretes, una nariguera y un para de brazaderas engarzadas con multitud de piedras multicolores.

Al llegar al atrio, el anciano se encontró con un muy asoleado y cansado mensajero, éste entre innumerables lisonjas, citas de poemas y otras zalamerías dio a entender que traía consigo un importante mensaje que requería la más expedita resolución.

El viejo tomó el documento y lo leyó, luego de brincarse los saludos y estado actual del remitente y sus sirvientes llegó al punto medular, cavando en las minas de los pericos se había dado con una tierra rica en un brillante óxido metálico, dada su inmediata disponibilidad se solicitaba su autorización para usarlo.

Así pues, tomó la muestra de la tierra y volvió adentro, dejando esperando al mensajero; ahí la mezcló con aceite, sobre una mesita de piedra, muy lisa y perfectamente horizontal extendió un pliego de papel, y lo cubrió con la mezcla. Buscó luego en uno de sus anaqueles por un grueso tomo de gruesas hojas, lo abrió en la página adecuada y colocó al lado de la mesa, observó con detenimiento su contenido y lo comparó con el folio tendido. Tomó otro tomo de los estantes y un colorido y ornado folio de una pila, del tomo comenzó a consultar cifras y tablas, realizó ciertos cálculos y con maestría plasmó los resultados en el documento folio, luego de largo rato, todavía se tomó su tiempo para examinar con detenimiento cada cifra y texto, para finalmente estampar su rúbrica dando no oposición a la solicitud.

El documento fue envuelto con cuidado entre dos tapas de madera y fue entregado al mensajero, quien se despidió de manera larga y elaborada alabando las atenciones y exaltando la erudición del viejo, para luego retirarse presto.

El viejo regresó a la habitación llena de papeles, viendo el rayo de sol en la pared ya muy alto decidió que había sido suficiente por el día, sólo dibujó algunas cifras en un pliego para luego guardarlo, además de las otras cosas que había usado. Con cuidado dejó ahí el tocado, joyas y otros accesorios, después salió de ahí. Todo salió bien, otro día de rutina para el sumo sacerdote de los pantones.





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