Saturday, July 03, 2010

El agujero de conejo

Todos conocían al capitán, era famoso por sus historias, en estas hablaba de aquello que había visto en sus muchos viajes por el infinito cielo; igual hablaba de curiosos tiburones que cantaban, de pequeños dragones que se podían esconder en un calcetín y hongos que servían de silla. Sin embargo, en esta ocasión su historia era más sorprendente y aún intrigante, hablaba de un conejo, un conejo gigante que se escondía entre la maleza del bosque; Carlitos, uno de los presentes, quedó fascinado por la historia del viejo, y esa noche se fué a la cama pensando en ese mítico gran conejo.

Al otro día, muy temprano salió de su casa con el fin de dar con el fantástico animal, pasó horas recorriendo el bosque, buscó bajo los matorrales, buscó por el estanque, buscó en la cañada y hasta buscó en la vieja cantera, no fué hasta ya entrada la tarde cuando a su paso por el viejo árbol del muñón vió algo que nunca había visto antes, era un enorme conejo, gordo, rojizo, de pelo sucio y dientes amarillos. Carlitos no lo podía creer, el conejo era real, pero apenas y dió un paso, este se espantó y se internó en un agujero bajo el enorme árbol.

Carlitos regresó corriendo a su casa, donde le contó a todos que había dado con la madriguera del increíble animal y que a la mañana siguiente volvería y lo capturaría.

Por la mañana, muy temprano, Carlitos tomó su equipo, largas y fuertes sogas, una buena lámpara con suficiente aceite, pabilos y chisperos de repuesto, algunos víveres para el camino, además de brújula y una pequeña libreta de notas.

Su viaje hacia el subterráneo mundo del conejo no podría resultar más sencillo, sólo habría que caminar por el túnel hacia las profundidades.

Pero Carlitos pronto se encontró con compañía, en uno de los primeros recodos del túnel se encontró con un hombre gordo y medio calvo vestido de mujer
Deja al conejo en paz, no lo molestes, ¡es mío! - Dijo el hombre
Carlitos le preguntó el porque usaba vestido y peluca:
Es mi disfraz para que el conejo no me tenga miedo. - Contestó el hombre muy serio.
Carlitos desconfiaba de este hombre que lo amenazaba en ir con el comisario si algo le pasaba al conejo.
El conejo es mío, no lo debes molestar porque está enfermo - Decía el trasvestido.

Al siguiente día Carlitos se encontró de nuevo con el horrible hombre vestido de mujer que de nuevo lo seguía, lo fastidiaba con largas peroratas, lo maldecía, se bulaba de él y pateaba la tierra levantando nubes de polvo, pero así como llegó, de pronto hizo silencio y se perdió en la obscuridad de la cueva, inmediátamente Carlitos notó un olor nauseabundo, como de putrefacción, cubrió su boca con un pañuelo y continuó, el túnel desembocaba en un una cámara llena de excremento, Carlitos casi cae de espaldas en cuanto su lámpara iluminó una serpiente que se enroscaba y silbaba amenazadoramente, pero Carlitos vió que era una serpiente pequeña, una de esas pequeñas culebras del agua que no tienen veneno, ya pasado el susto, continuó su camino, hacia el fondo del túnel.

Con el paso de los días, las noticias de la búsqueda de Carlitos llegaron a oídos de la princesa del castillo Verde, quién no tardó en llegar con él, luego de que éste la saludara con reverencia, ella lo exaltó por lo valeroso de su empresa y como regalo le entregó dos cristales.
Deja uno en la entrada; cuando necesites regresar, clava el otro en el suelo, ¡Quiero ese conejote!. - Le dijo, y se marchó.

Ese día, Carlitos encontró al viejo Don Modesto, fumando a la entrada del agujero, sentado sobre una de las raíces del viejo árbol.
Si sigues bajando, ya no podrás subir. - Le dijo.
Carlitos le saludó, y le señaló el regalo de la princesa, él siempre podría regresar.
Don Modesto volvió a saludar a Carlitos y siguió fumando.

Carlitos ese día llegó a otra cámara, donde muchas siluetas humanas se dibujaban contra su luz, al acercarse vió que se trataba de estatuas, todas ellas deformes, de pronto, un silbido lo hizo girar bruscamente, ahí vió a una mujer, pálida, famélica, con delgadas serpientes por cabellos, se cubría el rostro con sus manos, y rehuía de la luz, Carlitos pudo ver que estaba ciega, y a su lado había un martillo y varios cinceles junto a un bloque de piedra del que comenzaba a notarse una figura humanoide.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a una habitación pequeña, parecía un pequeño dormitorio, donde se encontró con 2 niñas, una de piel morena y la otra de piel blanca, ambas lucían aterrorizadas y sucias, Carlitos las vió cómo desgarraban su ropa y se revolcaban en el suelo, para luego atragantarse con la comida sobre la mesa y pelear la una con la otra.
Carlitos asustado, les preguntó por qué hacían aquello.
Papá ha dicho que si nos portamos bien podremos tener otra hermana - Dijo la primer
No queremos que una tercera hermana - Dijo la segunda
Carlitos les preguntó el por qué sería tan malo tener una hermana, él mismo tenía varias y no le resultaba molesto.
Si es más bella que nosotras - Contestó la una
Ya no nos querrá. - Contestó la otra

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a una cámara, donde se encontró con un hombre agazapado en una esquina, armado y preparado para la batalla. Carlitos se presentó y le preguntó al hombre a qué le teme.
Tengo miedo de los hombres - Contestó el hombre en armadura.
Carlitos le preguntó por qué no se temía a sí mismo.
Yo soy un caballero - Contestó el hombre en armadura.
Carlitos le preguntó por qué no le temía a un niño que en algún momento llegaría a ser un hombre.
Todavía no eres un hombre, por lo tanto, no te temo - Contestó el hombre en armadura.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a una gruesa puerta de madera, al otro lado se escuchaba ruido, chirridos, silbidos, golpes; pero tras tocar la puerta, el ruido cesó.
Abrió la puerta una pequeña mujer, más pequeña que él, de colorida piel y extraños ojos, sobre la mesa había una máquina, trozos de metal oxidado, madera y cuero unidos precariamente con clavos, tornillos y cuerda.
Carlitos no sabía mucho de máquinas, pero sabía que no eran así, pero para no incomodar a la pequeña mujer no dijo nada al respecto.
¿Tú que sabes del arte? - Le preguntó la pequeña mujer como si le leyera el pensamiento. - Mi creación, ¡es perfecta!

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a una gran sala, de las paredes rocosas pendían viejos retratos de personas con rostros graves y enfermizos, durante su paso por la habitación sentía sus miradas, parecía como si lo miraran, lo juzgaran, lo acusaran; Carlitos caminaba sin levantar la vista, sin hacer ruido, no quería levantar la cabeza y darse cuenta que era observado por multitud de pares de ojos sin vida.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a otra cámara, donde había un pequeño escritorio y muchos libros, en ellos se hablaba del conejo, su gran tamaño, sus orejas y rojo pelo, mas no decía donde estaba; entre uno de los libros, aquel atiborrado de indescifrables garabatos, estaba dibujado una especie de mapa, podría decirse y retrataba la caverna que estaba explorando, de no ser por su extraña geometría, en un extremo, pareciera como si los túneles se torcieran, se abrieran como flores y volvieran a incorporarse a la galería principal, sólo que ahora por el exterior.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a otra cámara, ahí, sentadas cada una en sendas sillas, había decenas de muñecos en derredor de un hombre sentado al lado de una lámpara.
El hombre tiene en sus manos un libro.
El ganglio aquiloso de las papulas vertebradas carece de arenímolas destragantes... - Lee el hombre a los juguetes.
Carlitos se disculpa por interrumpir, saluda, se presenta y le pregunta al hombre por qué lee en voz alta.
Si yo no los educo, nadie lo hará - Es su respuesta y sigue leyendo.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a otra cámara, de inmediato lo recibió un ligero gruñido que hizo se le erizara el cabello, se quedó petrificado y aún había dejado de respirar, podía escuchar cómo los resoplidos y gruñidos se acercaban tras él, pero él no se podía mover, pero viendo en el reflejo del cristal de su lámpara vió que se trataba de una mujer, una mujer vestida con pieles.
Carlitos entonces le saludó y le preguntó por la razón del disfraz.
Me visto de león para espantar a los enanos. - Contestó la mujer
Carlitos estaba confundido, no tanto por el plan de asustar a los enanos, sino porque ella estaba vestida con la piel de un tigre.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a otra cámara, era más grande y profunda que las que había pasado antes, la luz de su lámpara se perdía en la obscura inmensidad de la caverna.
Carlitos llamó una vez.
Aquí - contestó una lejana voz.
Carlitos llamó otra vez.
Tú - contestó la voz.
Carlitos volvió a llamar varias veces siempre obteniendo respuestas cortas y confusas, caminaba siguiendo la fuente del sonido, luego de caminar un rato llegó a un túnel que descendía aún más, volteó hacia atrás y volvió a llamar.
Eco - fué la respuesta.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a una cámara iluminada por antorchas, adornada con tapices, y alfombras; al fondo, custodiado por guardias armados, se encontraba un trono, ahí sentado, se encontraba el horrible hombre trasvestido.
- Soy el emperador, y te ordeno que te vayas.
Carlitos le hizo una temerosa reverencia y le preguntó el porqué dejaba que tantas personas y monstruos vivieran en el túnel, además de su conejo.
- Porque sólo soy el emperador de esta cámara, y no molestes al conejo, es mío, está enfermo.
Carlitos tenía miedo de este hombre, pero vió que las armaduras estaban sostenidas por cuerdas de una estructura de madera anclada al techo.

Pero ahí no estaba el conejo.
Carlitos siguió bajando, cada vez más y más...

Carlitos ese día llegó a una cámara iluminada por una luz diáfana, el aire se sentía pesado y viciado, hojas secas y madera podrida se amontonaban en los rincones de la bóveda, pero ahí Carlitos vió al enorme conejo, gordo, rojizo, de pelo sucio y dientes amarillos. Carlitos no lo podía creer, había dado con la madriguera del conejo; lo miró por un momento devorar ávidamente verdes ranas pero apenas y dió un paso, este se espantó y corrió hacia él con sus brillantes ojillos malvados y sus largos dientes amarillos, Carlitos echó a correr, al voltear hacia atrás sólo podía ver al enorme conejo rojo corriendo tras él, entonces recordó los cristales que le diera la princesa y casi sin saberlo, activó uno de ellos y volvió a la superficie, había dejado atrás el larguísimo agujero y sus muchas cámaras, el aire viciado y los monstruos, la soledad y la gente perdida, había vuelto a la luz, pero sabía que la obscuridad siempre la llevaría consigo.

Epílogo
Aún años después de aquel incidente, Carlitos piensa que el agujero continúa por siempre y curiosamente aquellos que buscan su fondo, son aquellos que terminan minando sus más recónditos pasajes... No hay vida en el abismo.

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