Tuesday, March 09, 2010

El doctor Polines

El doctor Polines fué despedido de su trabajo de investigador en el laboratorio de tecnologías experimentales de la Universidad Autóctona; solía dejar encendida la luz de su cubículo y en cierta ocasión olvidó una torta a medio comer en el acelerador magnético.
Fué acompañado por los guardias de seguridad a tomar sus pertenencias, entre ellos estaba la foto de su exnovia de la escuela, hacía décadas que no la veía, un juego de estilográficas que siempre chorreaban, un portaminas muy usado, una taza de café agrietada, sus espejuelos tridimensionales de n sombras y multitud de pequeños cachivaches con los que realizaba mediciones y ajustes a la maquinaria y equipo; todo fué acomodado en una gran caja de dulce de bisnaga, el cual solían servir en el comedor como postre los martes.
Fué escoltado a la puerta por los serios uniformados; un grupo de becaries lo interceptaron antes de salir, uno de ellos le pidió su firma para un documento escolar, un par de ellos sólo le hicieron unas rebuscadas preguntas acerca de la operación del interferómetro de gases, la última le exigió devolviera la memoria plástica que le había prestado.
El doctor Polines dejó el edificio pensando en que debió haber borrado sus ficheros personales antes de devolverla...

Luego de varias semanas en el laboratorio ocurrió algo inesperado, en los bornes superiores del regulador de plasma se estaban formando paquetes de energía estática muy concentrada, produciendo el temido efecto Chak, durante horas los especialistas del laboratorio trataron de dar con una solución al problema, sin éxito. El reactor había sido fabricado localmente, instalado por el mismo personal del laboratorio, pero su diseño y puesta en marcha había sido en gran medida obra del doctor Polines, la solución parecía radicar en ajustar los ángulos de incidencia de los inyectores de plasma, el proceso estaba perfectamente documentado para realizarse en frío, más no en operación, un error en la alineación y el núcleo entero saldría de balance. Resultaba impensable apagar el reactor, no sólo los venteos de alivio se erosionarían sino que el precipitado se podría incrustar en la superficie interna del magnetrón y demorarían meses en limpiarlo, además que al volver a arrancar el sistema implicaría desviar la energía de la estación Zonda por varias horas. Algunos aseguraban y se trataba de una bomba lógica del doctor en caso de su despido. En cualquier caso, el reactor tuvo que ser frenado a velocidad mínima suficiente para mantener las corrientes Calgary-Lylle, en circulación. Se requería la presencia del doctor.

Uno de sus colegas, que ayudó durante un par de meses durante los arranques fallidos hace un par de años, se ofreció a ir a buscarlo, antes de salir cargó la ubicación del domicilio del doctor y se dirigió para allá.

Tocó a la puerta, luego de un par de minutos, escuchó pasos, el metálico sonido de los seguros y vió como la hoja se abría un poco.
Sin retirar la cadena una mujer lo veía fijamente desde dentro de la casa.
Buenas tardes, busco al doctor Polines. – Saluda el hombre.
Papá no está disponible – Contesta la mujer secamente.
Disculpa, vengo del laboratorio – Le muestra su identificación – Era compañero de tu padre, es algo muy importante.
Papá no puede hablar con usted. – Contesta ella sin quitarle los grandes y ambarinos ojos de encima.
Le he llamado y no contesta, tampoco los mensajes electrónicos. Necesito hablar con él. – Insiste el hombre.
Papá no está disponible – Contesta la mujer con firmeza.
¿Cuándo va a estar disponible? – Pregunta el hombre intrigado, no sabía que el doctor Polines tuviera una hija.
Vuelva a intentar más tarde. – Responde la mujer.
¿Qué tan tarde? – Inquiere el hombre fastidiado.
Vuelva a intentar más tarde. – Responde la mujer.
¿Puedes al menos entregarle mi tarjeta? Dile que es algo muy importante del laboratorio. – Dice con resignación
Papá recibirá su tarjeta. – La mujer extiende su mano y toma el plástico – Buenas tardes – Diciendo esto, cierra la puerta.
Al hombre no le queda más que retirarse.

Por lo que resta de la semana, se hacen nuevos intentos de localizar al doctor Polines, sin éxito, para el día sábado, se decide ir nuevamente a su casa; si bien es comprensible que esté molesto, es innegable que se requiere su intervención en el reactor.
Ya en su casa, luego de un rato de tocar a la puerta; hablar con los vecinos y notar que hacía casi un mes que nadie había visto al doctor decidieron llamar a las autoridades.

Al registrar la casa, dieron con que se encontraba impecablemente limpia, aunque había algo de comida descompuesta en la nevera, su dormitorio estaba ordenado y con un suave aroma a lavanda; curiosamente en una habitación al lado de su dormitorio, el piso estaba cubierto por una gruesa capa de tiras de delgadas tiras de papel, era una especia de taller, con multitud de aparatos y equipo, en la mayoría montados por él mismo, además de un impresionante arreglo de proceso, los técnicos examinaron las máquinas sin suerte, todo el contenido había sido eliminado; no fue hasta que registraron el cuarto de lavado que dieron con un olor sospechoso, en una esquina del cuarto de máquinas, embutido entre los pulidores yacía el cuerpo destrozado del doctor, sobre él, la pequeña tarjeta plástica del Doctor Adrián Carrizales.

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