Thursday, January 12, 2006

El Barón y el Dragon Negro(Preludio)

El barón sabía que la última isla, aquella cubierta de infectos vapores y perezosas y lodosas aguas sería su última prueba, el Rey Jorge Bogaba tranquilo, pero la tripulación se encontraba turbada, podían ver en aquel horrible lugar enfermizos y viejos mangles que flotaban lentamente hasta su perdición en aquel viejo mar, los escarpados y negros picos de la altas crestas que coronaban la isla apenas eran visibles a través de los densos vapores que se elevaban de la corrupta ciénega.

Muchas veces los hombres habían intentado acabar con el monstruoso reptil que descansaba en las pútridas aguas, pero el resultado era siempre el mismo, las naves ardiendo envueltas en los venenosos vapores del pantano.

El doctor estaba preocupado, había estado cambiando los filtros de su máscara removiendo las viejas y secas hojas por frescos y verdes brotes, pero ahora se afanaba en pulir su larga arma de aterrador estallido, medía con extraños objetos la longitud y curvatura de aquella delgada vara, para luego limpiar su interior con largo cepillo, mientras que sobre la mesa del castillo de popa dentro de un tazón de madera, descansaba una ingente cantidad de esferas de metal de apenas media pulgada de diámetro, las cuales ya habían sido limpiadas de herrumbre y aceitadas con una obscura y olorosa mezcla de desconocidos componentes preparada por el galeno.

El enorme negro, ayudante del barón se encontraba bajo cubierta, accionando los complicados mecanismos que hacían moverse al Rey Jorge, mientras el cocinero se afanaba en dar un buen sazón a una perdiz. El hombretón seguía caminando incansable dentro de la enorme rueda, sabía que el barón no dejaría que ninguno de ellos fuera dañado, pues él mismo fue rescatado por el barón de unos traficantes de esclavos quienes pensaban venderlo en Thalos. El cocinero por su parte no entendía como el barón aún podía tener apetito, después de haber estado a punto de ser: quemado, congelado, devorado, aplastado, masticado o carbonizado, cualquier hombre cuerdo habría enloquecido después de estar tantas veces tan cerca de la muerte, había escuchado que algunos decían que el barón no era un mortal, sino un semidiós; pero él no lo creía, pues había visto que cuando él se rasuraba por sí solo solía cortarse con la navaja y efectivamente, sangraba, por lo tanto, no podría ser el monstruo invencible que las historias contaban.

El heraldo del barón estaba al timón, otras veces estaría corriendo arriba abajo del mástil, consultando el mapa y corrigiendo el rumbo, pero ahora sólo manejaba el timón la sola presencia de aquella abominable isla le helaba la sangre.

Ajeno a todo esto, el barón permanecía de pie en el castillo de proa, una de sus manos descansaba sobre su viejo sable, mientras la otra la apoyaba en la barandilla, observaba con atención cada detalle de la isla, aún la fuerte brisa que le revolvía las plumas del sombrero no parecía importarle. Pero el barón no estaba preocupado, sus singulares bigotes se torcían en una sonrisa, pues él, a diferencia de los otros ya sabía que hacer, siempre sabía que hacer.

Ahí permanecía el barón, sumido en sus pensamientos mientras que la cubierta se cubría por la brisa salada arrancada de las altas y blancas crestas del oleaje que la nave rompía en su viaje a la última isla, aquel gran volcán habitado por el antiquísimo dragón rojo.

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